miércoles, 26 de diciembre de 2007

Sonríe, quita esa cara pesada, llegó Navidad!




Cuando llega Navidad, muchas son las cosas que pasan por nuestra cabeza, tal vez ésta nos encuentra con alegría o tal vez con dudas y el corazón desvalido, con problemas que nos aturden y que nos hacen decir: mmm...bueno navidad pues... Caramba ¡Navidad ha llegado!, ¿a qué vienen las caras largas y el mal humor, el rencor y la duda, la angustia y el desánimo?

El cuerpo frágil de un bebé indefenso cobija al mismo Dios que encuentra posada entre buey y asno, el Eterno ha entrado en el tiempo, el misterio más grande de todo el universo ha sido revelado con la sencilla claridad de una estrella, no hay palabras que puedan describirlo, no existe parangón suficiente para explicarlo, Dios viene a quedarse a nuestro lado hasta el día sin final.

En esta hermosa estampa de Belén muchas paradojas se desvelan con dulzura: pobreza que es riqueza, silencio que es compañía, noche que se convierte en día, y nada volverá a ser lo mismo, ninguno de nosotros volverá a ser el mismo. Cómo callar esta alegría, cómo renunciar a compartirla con quienes sufren o la han olvidado, no podemos dejar de hacerlo, nadie que lo sepa tiene el derecho a olvidarlo jamás.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Alguna vez has sentido dolor?



This is my quest, to follow the star
No matter how hopeless, no matter how far…
The man of la mancha


El dolor no tiene sentido. Hace unos pocos días, un buen amigo, me pasó un artículo que tocaba el tema manido del dolor y la actitud ante la adversidad de la mano de una historia. Soy de los que creen que el dolor no tiene sentido alguno.

No se me malinterprete. Vengo a explicarme. El artículo contaba la historia uno de los hombres que ha sido capaz de ascender a las 14, 8 M, las 14 montañas de más de 8 mil metros, Juan Oirzabal, y todo esto, para ser más temerario, sin oxígeno. La peculiaridad de este artículo estaba en no pretender ser moralista. Es la simple experiencia inmensa y descomunal de un hombre que escala montañas. Su historia no es una historia patética donde hay una enfermedad terrible o una muerte inevitable. Es una historia de un hombre extraordinario que lanza una frase que puede helar la piel: Si no has aprendido a sufrir, si no te has “endurecido” en situaciones extremas, estás perdido.

Claro, no lo dice el sacerdote fastidioso de tu parroquia, que se ha empecinado en que encuentres la verdad en el misterio inaudito de un hombre desnudo colgado de un madero, en que rebusques en los fueros más íntimos para que comprendas qué llevó a Dios a crucificarse. No. Lo dice un alpinista, que debe haber sabido qué es sentir los pulmones llenándose de sangre mientras debe inyectarse una ampolla de dextrosa, para que la altura no lo mate, y que con tremenda frase lanza una receta de felicidad. Yo le creo, algo debe saber un hombre en estas condiciones.

Si el sufrimiento no se ha aprendido a llevar puede terminar con acabar e inmovilizar nuestras acciones. Ante la tempestad unos se crecen y otros se achican. No existe una actitud intermedia, del que pasa inafecto y puede creer que la mediocridad consista en una manera decorosa de vivir, pues la vanidad le aconseja que no es tan malo pero que la heroicidad está muy lejos como para ser alcanzada.

Hace unas semanas Raikkonenn ganaba de manera increíble el campeonato de fórmula uno, cuando casi nadie tenía en él esperanzas, cuando todo anunciaba que Hamilton y a lo sumo Alonso se lo llevarían. Ferrari se dedicó a endurecerse y a crecerse ante la dificultad, e hizo todo lo que debió hacer, Raikkonen llegó primero y Massa después, ganando el campeonato por un solo punto, en una gesta que no tiene parangón en este deporte. Hamilton y Alonso llegaron séptimo y tercero respectivamente, posiciones que eran las justas y necesarias para que Raikkonen ganara, sin un pelo de más.

Ganó. La meta era la victoria, y así como la meta del hombre es trascender hacia una realidad infinita, la adversidad y el dolor en sí mismos no tienen sentido, pues es la meta, el horizonte, el que da el sentido. Bien decía Santa Rosa:fuera de la cruz no hay otra escalera por donde subir al cielo. La cruz es el camino sereno por el que continuamente nuestro corazón debe pasar, para ser acrisolado.

Sin esa cruz que prepara el camino, la felicidad es una campana hueca, un taladro romo, una canción estridente, donde no puede entenderse la belleza de sus colores, y todo sabe a plástico, a moda, a televisión, a engaño. Pues no es valiente quien no teme, sino quien enfrenta el temor.

Y como dice el epígrafe con el que comenzamos el artículo. Hay que seguir la estrella no importa cuán inalcanzable parezca, pues un hombre puede arrepentirse de todo menos de ser valiente tal vez ese sea el sentido del dolor que muchos aludimos. Resumiendo el dolor no tiene sentido en sí mismo, pero una vida sin dolor, es una vida sin felicidad.

* Agradecemos la colaboración de Hernán en esta entrada quien nos ha dado algunos datos adicionales. El primer hombre en subir la 14, 8M, fue Reinhold Messner, y también lo hizo sin oxígeno, y la lista ya llega a 12 personas.

Roble azul




Mientras caminaba por este parque
Tropecé con la imponente forma de un roble gigante.
Curioso era el hecho que sus ramas fuesen azules,
Un extraño reflejo de la luna les imprimió tal matiz,
Mitad divino, mitad humano, abría sus ramas a la noche,

Inexpugnable, inmenso como una muralla medieval,
Se levantaba en medio de la neblina fría.
A él llegué con el alma a gachas
La mirada triste y el corazón remendado y compuesto a jirones.

Me abandoné en su raíz inmensa, en su vientre profundo
Donde las hormigas construyen comarcas felices,
Lo palpé con extraño afecto, con la intención de recostar mi cuello.
Su corteza vieja y agrietada no guardaba un solo resquicio liso
Donde pudiese apoyar la cabeza.
Lo detesté por su inclemencia, por su artero desamparo.
Traté de tumbarlo a fuerza de patadas, iracundo,
No se movió un ápice. Nada podía estremecerlo.

Pensé que tantas noches frías buen roble,
Tantas horas de penumbra y neblina,
No te han acongojado, ni han forjado en ti lamento,
Quizá por tu inmensa raíz que se hunde en tierra fértil
Por tus ramas serpentínicas abiertas a la inmensidad
O por tu tronco recio, inasible como las alas del horizonte,
Roble bueno. Roble azul gigante,
Hoy me crucifico en tu entraña,
Permíteme asirme en tus vericuetos y velar contigo estas noches frías,
Déjame ser madera de tu tronco, savia de tu raíz, rocío de tus mañanas.

El día amanece y esta banca te aguarda,
Reconóceme en el roble azul. Ahí es donde mis huesos te esperan.

domingo, 28 de octubre de 2007

¿Por qué queremos tanto a Wata?



¿Por qué queremos tanto a Wata?
In Memoriam José Watanabe 1946-2007.


No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo

J.W. El guardián del hielo

La poesía peruana, tuvo indiscutiblemente dos gigantes Vallejo y Eguren. Sus poemas, distintos en lenguaje y teoría, hilvanan el lenguaje personal, intimista y alegórico del poeta peruano de principios del siglo XX. Don José Watanabe, a mi modesto entender, se encaminaba a convertirse en el tercer coloso. Por eso es que su muerte es tan dolorosa para los que amamos la poesía.

La historia de la poesía peruana reciente se parece a la historia del joven ansioso que envalentonado por sus hormonas prueba un poco de todo. Si bien la generación de los 50 se adormeció entre el conflicto de poesía pura y poesía social despertando algunos genios como Eielson o Sologuren, en los 60 un giro del discurso con Cisneros y Hernández se mudó a la cotidianidad del lenguaje y en las generación del 70 produjo una verdadera verborragia rebelde y urbana se urdió de la mano de Hora Zero y Verástegui, para terminar en los 80 y los 90 que pasan casi de puntillas con la intención de encontrar un lugar para las mujeres poetas y para la tragicomedia rural urbana; no hubo un genio, al menos no me enteré[ii].

Estos años no pudieron mostrar un pálido reflejo de Vallejo y Eguren. Quizá porque la urbe es fea y chabacana, al menos Lima, la horrible de Salazar Bondy. Quizá porque las últimas décadas del siglo XX, nos traen una poesía peruana que parecía haberse dejado colgada en las oscuras elucubraciones sobre la psicología humana, y los burdeles de la Avenida Arequipa, las casas miraflorinas y el Jirón Quilca, las incursiones senderistas y la tramoya ridícula de la dictadura de Fujimori. Lo grotesco se hizo bello y lo bello dejó de serlo a fuerza de ser grotesco y surrealista.

Qué pasó. Bueno las generaciones se impregnaron de diletantismo poético urbano porque bueno el contexto desesperanzador no ayudaba mucho: hiperinflación del tamaño de la papilla del presidente, bombas que reventaban en las narices de parlamentarios, una dictadura emperifollada de moralina, tan escandaloza y patética como la calva prominente de su asesor.

Pero hubo un arquitecto travieso, que no perteneció verdaderamente a ninguna generación, que en medio del fragor surrealista, fantasmagórico y debilucho, nos trajo de vuelta la mirada hacia lo esencial, hacia aquella poesía que toca y atisba el filón más íntimo de nuestra humanidad, ese profundo misterio llamado hombre. Su nombre José Watanabe, para sus amigos Wata.

¿Por qué queremos tanto a Watanabe? Diríamos parafraseando la pregunta de Juan Rulfo en relación a Cortázar. Lo queremos porque nos trajo una poesía limpia y serena, y Dios tuvo que limpia y serenamente llevárselo antes de tiempo, lo queremos porque en una época de terror y snobismos, su simple manera de vivir nos enseñó cómo se debe morir, sin ruido ni estridencia, con el rumor de los amigos.


Lo queríamos y leíamos por su diáfana lucidez oriental, donde los haikus imprimían una sobriedad en el manejo de la palabra, donde las figuras sirven y no adornan, donde las metáforas no desencadenan falsas alegorías, donde la felicidad es tan parecida al mar.

Watanabe es el poeta de la sencillez y el silencio, el poeta ajeno a la teoría sofisticada, es el poeta de un mundo natural donde mariposas, jardines, heladeros y mujeres no son sublimados sino entendidos como humanos, demasiados humanos.
El más recordado de sus poemas, el Lenguado, es una metáfora terrible de la vida enana y mediocre, que escribió hace muchos años cuando luchaba contra el cáncer al pulmón que logró vencer:

Soy
lo gris contra lo gris. Mi vida
depende de copiar incansablemente
el color de la arena,
pero ese truco sutil que me permite comer y burlar enemigos
me ha deformado.

Cuánto nos deformamos a veces, nos mimetizamos con ideales tan ladinos y olvidamos tal vez nuestra madera más honda, nuestra lid más noble, nuestro estandarte más refulgente que luego anhelamos:

A veces sueño que me expando
y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande
que los más grandes. Yo soy entonces toda la arena,
todo el vasto fondo marino.

Por eso queremos tanto a Wata, porque en una época de poesía enrevesada y lúgubre nos trajo de vuelta una poesía del hombre, que habla de ti y de mí con la sencillez que se parece tanto a la verdad, como la verdad que es tan sencilla y bella como el ocaso, como el amor que es tan humano como los huesos. Gracias por habitar entre nosotros, por enseñarnos a guardar el hielo, a ver piedras aladas, a anhelar el vasto fondo marino, gracias Wata, mil gracias.

[ii] Para una breve información sobre las últimas décadas de la poesía peruana puede consultarse el trabajo de Dávila-Franco R. La poesía peruana del 80 o la fractura como poética. Boston University publicado en http://www.omni-bus.com/n12/fractur.html.