domingo, 28 de octubre de 2007

¿Por qué queremos tanto a Wata?



¿Por qué queremos tanto a Wata?
In Memoriam José Watanabe 1946-2007.


No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo

J.W. El guardián del hielo

La poesía peruana, tuvo indiscutiblemente dos gigantes Vallejo y Eguren. Sus poemas, distintos en lenguaje y teoría, hilvanan el lenguaje personal, intimista y alegórico del poeta peruano de principios del siglo XX. Don José Watanabe, a mi modesto entender, se encaminaba a convertirse en el tercer coloso. Por eso es que su muerte es tan dolorosa para los que amamos la poesía.

La historia de la poesía peruana reciente se parece a la historia del joven ansioso que envalentonado por sus hormonas prueba un poco de todo. Si bien la generación de los 50 se adormeció entre el conflicto de poesía pura y poesía social despertando algunos genios como Eielson o Sologuren, en los 60 un giro del discurso con Cisneros y Hernández se mudó a la cotidianidad del lenguaje y en las generación del 70 produjo una verdadera verborragia rebelde y urbana se urdió de la mano de Hora Zero y Verástegui, para terminar en los 80 y los 90 que pasan casi de puntillas con la intención de encontrar un lugar para las mujeres poetas y para la tragicomedia rural urbana; no hubo un genio, al menos no me enteré[ii].

Estos años no pudieron mostrar un pálido reflejo de Vallejo y Eguren. Quizá porque la urbe es fea y chabacana, al menos Lima, la horrible de Salazar Bondy. Quizá porque las últimas décadas del siglo XX, nos traen una poesía peruana que parecía haberse dejado colgada en las oscuras elucubraciones sobre la psicología humana, y los burdeles de la Avenida Arequipa, las casas miraflorinas y el Jirón Quilca, las incursiones senderistas y la tramoya ridícula de la dictadura de Fujimori. Lo grotesco se hizo bello y lo bello dejó de serlo a fuerza de ser grotesco y surrealista.

Qué pasó. Bueno las generaciones se impregnaron de diletantismo poético urbano porque bueno el contexto desesperanzador no ayudaba mucho: hiperinflación del tamaño de la papilla del presidente, bombas que reventaban en las narices de parlamentarios, una dictadura emperifollada de moralina, tan escandaloza y patética como la calva prominente de su asesor.

Pero hubo un arquitecto travieso, que no perteneció verdaderamente a ninguna generación, que en medio del fragor surrealista, fantasmagórico y debilucho, nos trajo de vuelta la mirada hacia lo esencial, hacia aquella poesía que toca y atisba el filón más íntimo de nuestra humanidad, ese profundo misterio llamado hombre. Su nombre José Watanabe, para sus amigos Wata.

¿Por qué queremos tanto a Watanabe? Diríamos parafraseando la pregunta de Juan Rulfo en relación a Cortázar. Lo queremos porque nos trajo una poesía limpia y serena, y Dios tuvo que limpia y serenamente llevárselo antes de tiempo, lo queremos porque en una época de terror y snobismos, su simple manera de vivir nos enseñó cómo se debe morir, sin ruido ni estridencia, con el rumor de los amigos.


Lo queríamos y leíamos por su diáfana lucidez oriental, donde los haikus imprimían una sobriedad en el manejo de la palabra, donde las figuras sirven y no adornan, donde las metáforas no desencadenan falsas alegorías, donde la felicidad es tan parecida al mar.

Watanabe es el poeta de la sencillez y el silencio, el poeta ajeno a la teoría sofisticada, es el poeta de un mundo natural donde mariposas, jardines, heladeros y mujeres no son sublimados sino entendidos como humanos, demasiados humanos.
El más recordado de sus poemas, el Lenguado, es una metáfora terrible de la vida enana y mediocre, que escribió hace muchos años cuando luchaba contra el cáncer al pulmón que logró vencer:

Soy
lo gris contra lo gris. Mi vida
depende de copiar incansablemente
el color de la arena,
pero ese truco sutil que me permite comer y burlar enemigos
me ha deformado.

Cuánto nos deformamos a veces, nos mimetizamos con ideales tan ladinos y olvidamos tal vez nuestra madera más honda, nuestra lid más noble, nuestro estandarte más refulgente que luego anhelamos:

A veces sueño que me expando
y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande
que los más grandes. Yo soy entonces toda la arena,
todo el vasto fondo marino.

Por eso queremos tanto a Wata, porque en una época de poesía enrevesada y lúgubre nos trajo de vuelta una poesía del hombre, que habla de ti y de mí con la sencillez que se parece tanto a la verdad, como la verdad que es tan sencilla y bella como el ocaso, como el amor que es tan humano como los huesos. Gracias por habitar entre nosotros, por enseñarnos a guardar el hielo, a ver piedras aladas, a anhelar el vasto fondo marino, gracias Wata, mil gracias.

[ii] Para una breve información sobre las últimas décadas de la poesía peruana puede consultarse el trabajo de Dávila-Franco R. La poesía peruana del 80 o la fractura como poética. Boston University publicado en http://www.omni-bus.com/n12/fractur.html.