lunes, 26 de noviembre de 2007

Alguna vez has sentido dolor?



This is my quest, to follow the star
No matter how hopeless, no matter how far…
The man of la mancha


El dolor no tiene sentido. Hace unos pocos días, un buen amigo, me pasó un artículo que tocaba el tema manido del dolor y la actitud ante la adversidad de la mano de una historia. Soy de los que creen que el dolor no tiene sentido alguno.

No se me malinterprete. Vengo a explicarme. El artículo contaba la historia uno de los hombres que ha sido capaz de ascender a las 14, 8 M, las 14 montañas de más de 8 mil metros, Juan Oirzabal, y todo esto, para ser más temerario, sin oxígeno. La peculiaridad de este artículo estaba en no pretender ser moralista. Es la simple experiencia inmensa y descomunal de un hombre que escala montañas. Su historia no es una historia patética donde hay una enfermedad terrible o una muerte inevitable. Es una historia de un hombre extraordinario que lanza una frase que puede helar la piel: Si no has aprendido a sufrir, si no te has “endurecido” en situaciones extremas, estás perdido.

Claro, no lo dice el sacerdote fastidioso de tu parroquia, que se ha empecinado en que encuentres la verdad en el misterio inaudito de un hombre desnudo colgado de un madero, en que rebusques en los fueros más íntimos para que comprendas qué llevó a Dios a crucificarse. No. Lo dice un alpinista, que debe haber sabido qué es sentir los pulmones llenándose de sangre mientras debe inyectarse una ampolla de dextrosa, para que la altura no lo mate, y que con tremenda frase lanza una receta de felicidad. Yo le creo, algo debe saber un hombre en estas condiciones.

Si el sufrimiento no se ha aprendido a llevar puede terminar con acabar e inmovilizar nuestras acciones. Ante la tempestad unos se crecen y otros se achican. No existe una actitud intermedia, del que pasa inafecto y puede creer que la mediocridad consista en una manera decorosa de vivir, pues la vanidad le aconseja que no es tan malo pero que la heroicidad está muy lejos como para ser alcanzada.

Hace unas semanas Raikkonenn ganaba de manera increíble el campeonato de fórmula uno, cuando casi nadie tenía en él esperanzas, cuando todo anunciaba que Hamilton y a lo sumo Alonso se lo llevarían. Ferrari se dedicó a endurecerse y a crecerse ante la dificultad, e hizo todo lo que debió hacer, Raikkonen llegó primero y Massa después, ganando el campeonato por un solo punto, en una gesta que no tiene parangón en este deporte. Hamilton y Alonso llegaron séptimo y tercero respectivamente, posiciones que eran las justas y necesarias para que Raikkonen ganara, sin un pelo de más.

Ganó. La meta era la victoria, y así como la meta del hombre es trascender hacia una realidad infinita, la adversidad y el dolor en sí mismos no tienen sentido, pues es la meta, el horizonte, el que da el sentido. Bien decía Santa Rosa:fuera de la cruz no hay otra escalera por donde subir al cielo. La cruz es el camino sereno por el que continuamente nuestro corazón debe pasar, para ser acrisolado.

Sin esa cruz que prepara el camino, la felicidad es una campana hueca, un taladro romo, una canción estridente, donde no puede entenderse la belleza de sus colores, y todo sabe a plástico, a moda, a televisión, a engaño. Pues no es valiente quien no teme, sino quien enfrenta el temor.

Y como dice el epígrafe con el que comenzamos el artículo. Hay que seguir la estrella no importa cuán inalcanzable parezca, pues un hombre puede arrepentirse de todo menos de ser valiente tal vez ese sea el sentido del dolor que muchos aludimos. Resumiendo el dolor no tiene sentido en sí mismo, pero una vida sin dolor, es una vida sin felicidad.

* Agradecemos la colaboración de Hernán en esta entrada quien nos ha dado algunos datos adicionales. El primer hombre en subir la 14, 8M, fue Reinhold Messner, y también lo hizo sin oxígeno, y la lista ya llega a 12 personas.

Roble azul




Mientras caminaba por este parque
Tropecé con la imponente forma de un roble gigante.
Curioso era el hecho que sus ramas fuesen azules,
Un extraño reflejo de la luna les imprimió tal matiz,
Mitad divino, mitad humano, abría sus ramas a la noche,

Inexpugnable, inmenso como una muralla medieval,
Se levantaba en medio de la neblina fría.
A él llegué con el alma a gachas
La mirada triste y el corazón remendado y compuesto a jirones.

Me abandoné en su raíz inmensa, en su vientre profundo
Donde las hormigas construyen comarcas felices,
Lo palpé con extraño afecto, con la intención de recostar mi cuello.
Su corteza vieja y agrietada no guardaba un solo resquicio liso
Donde pudiese apoyar la cabeza.
Lo detesté por su inclemencia, por su artero desamparo.
Traté de tumbarlo a fuerza de patadas, iracundo,
No se movió un ápice. Nada podía estremecerlo.

Pensé que tantas noches frías buen roble,
Tantas horas de penumbra y neblina,
No te han acongojado, ni han forjado en ti lamento,
Quizá por tu inmensa raíz que se hunde en tierra fértil
Por tus ramas serpentínicas abiertas a la inmensidad
O por tu tronco recio, inasible como las alas del horizonte,
Roble bueno. Roble azul gigante,
Hoy me crucifico en tu entraña,
Permíteme asirme en tus vericuetos y velar contigo estas noches frías,
Déjame ser madera de tu tronco, savia de tu raíz, rocío de tus mañanas.

El día amanece y esta banca te aguarda,
Reconóceme en el roble azul. Ahí es donde mis huesos te esperan.