
Mientras caminaba por este parque
Tropecé con la imponente forma de un roble gigante.
Curioso era el hecho que sus ramas fuesen azules,
Un extraño reflejo de la luna les imprimió tal matiz,
Mitad divino, mitad humano, abría sus ramas a la noche,
Inexpugnable, inmenso como una muralla medieval,
Se levantaba en medio de la neblina fría.
A él llegué con el alma a gachas
La mirada triste y el corazón remendado y compuesto a jirones.
Me abandoné en su raíz inmensa, en su vientre profundo
Donde las hormigas construyen comarcas felices,
Lo palpé con extraño afecto, con la intención de recostar mi cuello.
Su corteza vieja y agrietada no guardaba un solo resquicio liso
Donde pudiese apoyar la cabeza.
Lo detesté por su inclemencia, por su artero desamparo.
Traté de tumbarlo a fuerza de patadas, iracundo,
No se movió un ápice. Nada podía estremecerlo.
Pensé que tantas noches frías buen roble,
Tantas horas de penumbra y neblina,
No te han acongojado, ni han forjado en ti lamento,
Quizá por tu inmensa raíz que se hunde en tierra fértil
Por tus ramas serpentínicas abiertas a la inmensidad
O por tu tronco recio, inasible como las alas del horizonte,
Roble bueno. Roble azul gigante,
Hoy me crucifico en tu entraña,
Permíteme asirme en tus vericuetos y velar contigo estas noches frías,
Déjame ser madera de tu tronco, savia de tu raíz, rocío de tus mañanas.
El día amanece y esta banca te aguarda,
Reconóceme en el roble azul. Ahí es donde mis huesos te esperan.
1 comentario:
Sinceramente conmovido,
muchas gracias por el emotivo homenaje
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