lunes, 16 de junio de 2008

Perdón, vocación y mi papá

Es el día del padre y se me viene a la memoria una anécdota con el viejo que empalma con el evangelio de estas semanas, el cual insiste mucho en el tema de la vocación personal y el perdón. Y ya les digo por qué.

Hace unos años, mi papá casi me bota de la casa, porque el viejo creyó que me iba a meter de cura (literalmente puso mi ropa en dos maletas y las dejó en el comedor con una nota: SI QUIERES HACER LO QUE TE DA LA GANA HAZLO, PERO NO EN MI CASA). Días atrás repetía sin cesar: "yo he vivido, sé lo que te digo, a tu edad no se sabe nada". Y lo decía porque yo, casi un guerrillero barbudo admirador de Nietzsche y Voltaire, di un giro de 180 grados, y fui sorprendido por la alegría, como dice el título del libro hermoso de Lewis.

Me convencí de la frase de Pascal, "el corazón tiene razones que la razón no comprende", y me arrojé a la aventura cristiana. No ha habido un sólo día durante todos estos años en que me haya arrepentido. Iba a misa y rezaba el rosario a diario, pasaba horas en el Santísimo y más tiempo en la comunidad religiosa que en mi casa; escuchaba gregorianos a media noche y componía canciones, me hice un pequeño oratorio en mi cuarto, organicé retiros para mis mejores amigos; leía todas las novelas que caían en mis manos sobre santos, me hice amigo de San Antonio de Padua, y San Pío, de San Francisco Xavier y San Ignacio, de San Bernardo y Santa Teresita, en fin era y soy feliz.

Pero a mi papá no le simpatizaba la idea que su hijo mayor, de guerrillero docto casi yupi, primer puesto en todo, esperanza de un profesional exitoso con un gerencia en Miami, divagara por estos caminos sinuosos de la fe. Tenía miedo de que me metiera de cura. Yo no pensaba en meterme de cura le decía. Sólo era feliz. Jamás le respondí con palabras duras, porque sé que él me quería mucho así no entendiera lo que estaba pasando.

No sólo fueron las maletas, me lapidaba en los almuerzos familiares con sus bromas y comentarios irónicos, pronto se le uníeron mis tíos y tías, y yo al borde de acabar siempre guardaba silencio. Muchas cosas pasaron que podría contar. La gota de agua penetró en la roca con el tiempo. Y qué creen, nunca me botó de casa, es que el viejo me quiere mucho. Mi hermano menor es ahora religioso y se prepara para ser sacerdote. A mi papá se le ha ido el temor de tanto amor que le tenemos y hace unos días hasta se puso a discutir con un tío porque el tío no entiende qué hacen sus sobrinos (mi hermano y yo). El viejo decía "no seas sonso pues, lo que pasa es que no son materialistas como nosotros". Él está orgulloso que su hijo mayor dirija una institución cultural católica y que su hijo menor vaya a ser cura.

Dejo la canción de Cat Steven, father and son que puede resumir algo de lo que mi padre me decía, esta en vídeo:

domingo, 15 de junio de 2008

El orgullo y los pequeños del Señor


Si, pues, estás presentando tu ofrenda sobre el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo que reprocharte, deja allí tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano. Mateo 5, 23-24


El orgullo es uno de los peores venenos del amor y fluye caudalosamente cuando somos vanidosos o soberbios. Lo experimentamos en situaciones de injusticia clamorosa, la infidencia o infidelidad de un amigo, los insultos puntillosos, o los comentarios hipocritones y a media voz de gente que creíamos nos apreciaba, la infidelidad de la pareja amada, la bravuconada de un insensato que cree que insultando y golpeando al indefenso se resuelven los problemas.

O tal vez hemos experimentado la injusticia y el dolor que nos produce la ingratitud, o que personas que queremos tanto nos acusen falsamente y nos juzguen con impiedad, o que con arrebatos mezquinos nos alejen de su vida. Y cuántas veces nosotros mismos lo hemos hecho con otras personas sin tal vez darnos cuenta, haciéndoles daño con nuestra indiferencia.

Yo he podido sufrir algunas y he causado muchas más estoy seguro. Quizá en estas situaciones piensas que lo mejor es poner cara fea y pasar con indiferencia delante de nuestros acusadores y delatores sin decir nada. ¡Qué tardos e insensatos somos! ¡No hemos aprendido acaso que la caridad trasciende la injusticia y la perdona! El amor no es que sea insensato pero, como recita el himno de Corintios, lo perdona todo.

Por eso es que debemos ser pequeños, para que Dios pueda mostrarnos lo que a los más sabios les ocultó, mostrarnos esa manera tan hermosa de amar sin límites y sin buscar excusas. Esa es la regla de oro de la caridad. Amar hasta que duela, amar hasta no poder amar más, pues como dice el Señor Jesús, "si sólo amáramos a quienes nos aman, ¿qué mérito tendríamos?" El orgullo no resuelve nada, el gesto de perdón sí, sana muchas heridas, abre corazones cerrados, forja amistades inquebrantables, purifica nuestro corazón de toda ingratitud y nos convierten en las personas que deseamos ser.