domingo, 15 de junio de 2008

El orgullo y los pequeños del Señor


Si, pues, estás presentando tu ofrenda sobre el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo que reprocharte, deja allí tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano. Mateo 5, 23-24


El orgullo es uno de los peores venenos del amor y fluye caudalosamente cuando somos vanidosos o soberbios. Lo experimentamos en situaciones de injusticia clamorosa, la infidencia o infidelidad de un amigo, los insultos puntillosos, o los comentarios hipocritones y a media voz de gente que creíamos nos apreciaba, la infidelidad de la pareja amada, la bravuconada de un insensato que cree que insultando y golpeando al indefenso se resuelven los problemas.

O tal vez hemos experimentado la injusticia y el dolor que nos produce la ingratitud, o que personas que queremos tanto nos acusen falsamente y nos juzguen con impiedad, o que con arrebatos mezquinos nos alejen de su vida. Y cuántas veces nosotros mismos lo hemos hecho con otras personas sin tal vez darnos cuenta, haciéndoles daño con nuestra indiferencia.

Yo he podido sufrir algunas y he causado muchas más estoy seguro. Quizá en estas situaciones piensas que lo mejor es poner cara fea y pasar con indiferencia delante de nuestros acusadores y delatores sin decir nada. ¡Qué tardos e insensatos somos! ¡No hemos aprendido acaso que la caridad trasciende la injusticia y la perdona! El amor no es que sea insensato pero, como recita el himno de Corintios, lo perdona todo.

Por eso es que debemos ser pequeños, para que Dios pueda mostrarnos lo que a los más sabios les ocultó, mostrarnos esa manera tan hermosa de amar sin límites y sin buscar excusas. Esa es la regla de oro de la caridad. Amar hasta que duela, amar hasta no poder amar más, pues como dice el Señor Jesús, "si sólo amáramos a quienes nos aman, ¿qué mérito tendríamos?" El orgullo no resuelve nada, el gesto de perdón sí, sana muchas heridas, abre corazones cerrados, forja amistades inquebrantables, purifica nuestro corazón de toda ingratitud y nos convierten en las personas que deseamos ser.

1 comentario:

JORGE dijo...

El mayor problema se da cuando no reconocemos nuestros propios errores.

Gracias y bendiciones