Salgo de viaje muy temprano. Voy a Ayaviri, quiero visitar a un amigo entrañable, Monseñor Kay Schmalhausen, y cumplir con una pequeña promesa que le hice. Viajo solo, y el asombro vuelve a maravillarme con la montaña, voy a encontrarme con amigos que han partido a misiones hace unos días.
Tengo una mochila pequeña, un sleep bag y material de subsistencia por si me quedo botado en medio de la nada. No hay pasajes que queden desde hace dos días, "es fiestas patrias pues Gonzalo". Me las arreglo con el chofer de un bus que sale para Juliaca, después de unos minutos y algunos soles, logro convencerlo de viajar sentado en la cabina, le he prometido contarle chistes hasta que llore de risa, es un buen hombre a pesar que su música sea infamemente repulsiva. "Joven viva bien, mucha gente es mala y va hacerle daño, no se deje pisar el poncho nunca". Una lágrima se le dibuja en la mejilla a nuestro chofer y pronto el hombre corpulento se deshace en plegarias al Señor de Huanca. Su relato álgido queda conmigo y su dolor me lo he llevado cargado en la mochila. Cuánta hambre de Dios tiene hasta el más sencillo de los hombres.
Un libro me acompaña: "Los cuatro amores" del gran C.S. Lewis, y paradójicamente Lewis me enseña cómo amar la montaña. La montaña desnuda y amarilla tiene algo que hace palidecer el alma y me devuelve a los orígenes más prístinos de mi humanidad. Su belleza es sencilla y pobre, su dolor atraviesa como quebrada andina los vientos fríos de las mesetas heladas, quizá el dolor y la orfandad de la montaña me recuerdan la nostalgia de mis días de soledad más áridos.
El cielo se hace cada vez más cercano y las nubes parecen comerse con avidez el vacío y siempre queda un lugar pequeño para colgar los ojos y enamorarse o por lo menos parecer enamorado, que no es siempre lo mismo. El paisaje es causa de desarraigo y esperanza. Desarraigo de un Perú olvidado, esperanza de un amanecer que les devuelva lo que les fue arrebatado.
El rostro del pobre andino es un rostro demasiado humano. El dolor se acurruca y se hace más hondo con el olvido. La indiferencia los ha golpeado injustamente, como a Jacinto, un campesino que ha trepado al bus y ha pedido que lo llevemos a una media hora de camino. Jacinto me muestra orgulloso su sobrero de ala ancha, mientras yo me fijo en sus manos agrietadas y desgastadas de tanto trabajo, tostadas por el sol y cobijadas por la tierra. Jacinto ya no espera nada de nadie, "Hace tiempo que no se acuerdan de nosotros, y nosotros no queremos saber nada de ellos". Se refiere a los políticos.
Su dolor me enloda la cara, le doy un abrazo, hasta los abrazos se le han hecho extraños a Jacinto, qué más debe esperar, qué golpe más artero puede sufrir, ya no espera nada de nadie. Yo no se qué decirle, sólo atisbo a recordarle que su dolor no es inútil y que algún día Dios se lo recompensará. Jacinto sonríe por primera vez y me parte el alma.
Ya en Juliaca, no me sorprende el caos ni el ruido. Sólo me angustia llegar los más temprano posible a Ayaviri. El bus me deja en una esquina pelada donde me dicen que puedo tomar un triciclo que me lleva a un paradero de combis que pueden salir a Ayaviri. Me subo al triciclo y me enfrento a la circunstancia dramática de sentirme observado por todo el mundo. Ya me han dicho que es una ciudad insegura, pero hay que estar aquí para comprobarlo. No sé cómo, pero he logrado convercer al chofer de una combi que me lleve a Ayaviri, de pronto me he disfrazado de cobrador. "¡Ayaviri, Ayaviri... salimos en 5 minutos!". Empiezo a llenar la combi con gente que quiera ir a Ayaviri y si no quieren ir, trato de convercerlos que sería bueno que visitaran Ayaviri, hay que llenar la combi por favor. Me alegro mucho pues sé que el día que no tenga trabajo podré sobrevivir como cobrador de combi y altoparlante.
Viajo en menos de un metro cuadrado, una combi de 15 personas se ha convertido en un cargador frontal con 28 costales humanos y la música enjundiosa de Sonia Morales nos acompaña repiqueteando con frenesí. "Joven Sonia Morales va a estar en Ayaviri", nos advierte una señora que me ha ofrecido su casa en Ayaviri si es que "no encuentra Ud. a sus amigos". Jamás pude ser testigo de generosidad tan sincera.
Finalmente llego a Ayaviri. Después de un taxi, un bus, un triciclo, una combi, y otro triciclo, encuentro a mis amigos asoleándose, desayuno un aguadito portentoso que mata el hambre y el frío. El resto es cosa de siempre. Alegría de verlos tan cargados de amor, se han sacado la mugre y su felicidad es certera como el viento y gigante como las montañas. Barba crecida, pantalones rotos, y alegría que se les desborda de las pupilas. Qué extraño debe sonarle esto al mundo, lo han dado todo y se van más llenos que nunca.
Me he tropezado con gente de todo el Perú. La gente del pueblo de Cuyo Cuyo me ha acogido y me he puesto a bailar al ritmo de los sicuris mientras la noche cae y las estrellas se dibujan hermosamente. Diviso a Monseñor Kay a la distancia y corro a su encuentro en una escena que a mí me parece entrañable."Banda. - me dice -, y cómo vamos con la novia". Yo sonrío tímidamente, pues él me prometió casarme algún día. Le doy un abrazo de padre a hijo, pues a Monseñor le debo muchas cosas del hombre que soy ahora, Monseñor no sólo tiene la humildad y la estatura de un buen Pastor, sino el amor irreprochable de un gran amigo. Casi suelto una lágrima, pero es su fiesta y no estamos para escenas.
El rezo de las vísperas es hermoso, en esta Iglesia tan fuerte y de roca, las voces se entrelazan en medio de la noche y levantan al más cansado de los misioneros. Castillos de juegos artificiales colorean la noche y pienso que la gente que trabaja autómatamente en Wall Street no tiene ni idea de este deleite: música, sicuris, una diana caliente y mis amigos que cantan. Ya en la misa, Monseñor, rompiendo el silencio de la montaña, hace un llamado fuerte y claro a la obediencia y fidelidad de sus sacerdotes. Hay que entenderlo, es una Prelatura difícil y lo ha dicho y ante la mirada de muchos clérigos que escuchan sus palabras claras y límpidas.
Esta Prelatura tiene tantos problemas. Gente que ha desviado su amor a la Iglesia y se ha dejado seducir fuertemente por ideologías erróneas y esclavistas. Ellos nos miran distantes, nos escrutan, han venido y saben que estamos aquí y no les gusta. Qué le vamos a hacer. La fuerza del amor es más fuerte y nuestro testimonio de servicio terminará por demostrar que al más pobre de los pobres, siempre es más importante calmarle el hambre de infinito y hacer todo lo posible por aliviar su hambre de pan, total de filosofía barata no comen tampoco.
Así es la vida amigos, un peregrinaje desnudo por la montaña, una búsqueda de encuentro gentil y amoroso que nos conduce a quién más sufre, y tanta gente que nos necesita, y paradógicamente cuánto la necesitamos para recordarnos que sólo hay una causa que haga noble y gigante nuestra vida, el amor, el amor lo desnuda y tramonta todo y hace posible gravar nuestros nombres en las estrellas. Hay más alegría en dar que en recibir, eso lo sabemos, nuestro tesoro más hermoso se acurruca en donde la polilla no entra y nadie podrá quitárnoslo. Gracias Ayaviri.
Pd. Las fotos son de la zona cortesía de mi buen amigo Daniel Malpartida.
3 comentarios:
que linda experiencia! la verdad que este relato despierta las ganas de vivir experiencias que a veces dejamos a un lado x la "diversion" y que en realidad no nos llenan en lo mas minimo, y me gusto mucho como mencionas a las personas que con un simple abrazo, una simple conversacion y una simple sonrisa las hiciste felices. me encanto gonza! y gracias x despertar esas ganas en mi tb.
Lupi
bonito relato, Banda
Gracias a ti lupi por leerla, si la crónica pudo despertar eso me doy por satisfecho.
Gracias Renato.
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