viernes, 14 de agosto de 2009

Me gustas tanto que estoy enamorado


En la foto don Fernando Belaúnde Terry en una picantería.

Me gusta caminar por Arequipa. Nos gusta caminar. Nos gusta caminar en especial por el centro de Arequipa. Nos gusta sobre todo el color gentil del sillar y los encendidos tonos que van decoloreándose ante el sol, con la nobleza de un paisaje modesto pero bello, barroco pero celestial; mientras estas calles de nuestra infancia nos acompañan en silencio, San Francisco, Zela, General Morán.

Nos gustan tus balcones que se asoman con timidez por nuestras veredas. Nos gusta el olor de tus picanterías y tu escribano, nos gusta la tranquilidad majestuosa de Santa Teresa y la sacralidad de Santa Catalina por la noche. Nos gustan las comidas y sencillo aroma de las huertas de las abuelas, nos gusta el rocoto pequeño de esas matas que trepan afanosas por el cedrón que nos servirán en el mate, si es que acaso no nos traen un vasito de anis para digerir, con rapidez, este adobo generoso de Cayma, que despierta todos sus aromas más fervorosos, mientras el pan de tres puntas se remoja en su hervor.

Nos gustas Arequipa. Nos gusta que seas mestiza y chola caracho, nos gustan tus polleras y que cholos, mestizos y blancos puedan trabajar juntos y hasta ir a un mismo colegio, y nos gustas más porque eres católica, porque me haces hincar ante el Santo Sepulcro. Nos gusta que hayas sido fundada en la fiesta de la Asunción de Santa María. Nos recontra gusta que tengas tantas Iglesias y que para colmo sean tan bonitas.

Nos gusta que para Cervantes en el Quijote seas la ciudad de la eterna Primavera, ironía de la vida jojolete. Nos gusta que puedas darnos la oportunidad de almorzar en casa y que todo nos quede a menos de 10 minutos en taxi. Nos gusta tanto de ti.

Nos gusta nuestra dignididad de señores, de mistis, de hidalgos como el Rey dineros menos, como diría don Víctor Andrés. Nos gusta que no nos pisen el poncho y que seamos herederos orgullosos de don José Luis Bustamante y Rivero y de Mario Polar. Nos gusta nuestro temple y nuestra tradición, caracho eso nos super archi recontra gusta. ¡Es tan cojonudo ser arequipeño o vivir en Arequipa!

Estamos enamorados. Se nos cae la baba por ti Arequipa. Pero como una relación no puede ser perfecta hoy también queremos recordarte qué no nos gusta. Digo esto para que podamos mejorar nuestra relación Arequipa y lo digo por el futuro de nuestra relación.

No nos gusta tu desorden caótico y empantanado, tu tráfico agresivo que me revienta las arterias del cerebro junto con los bocinazos interminables de las combis. No nos gusta la muralla amarilla de ticos que te recorren como cáncer que avanza amenazante como una telaraña irritante. No nos gusta que tus choferes sean tan malcriados y groseros, y que algunos de tus policías sean tan giles y timoratos para aguantar estos arrebatos y se sientan tan incapaces de aplicar la ley.

No nos gusta que hayas perdido la brújula y el protagonismo que otrora tenías en el desarrollo de nuestra patria. No nos gusta que tus clases dirigentes sean mentes tan ideologizadas y marchitas que te avergüenzan lastimosamente, cuando abren la boca y dicen estupidez y media. No nos gusta que provoquen paros que destruyen el trabajo de muchos pobres y que encima tengan el descaro de hablar de desarrollo y paz social mientras pulverizan las lunas de los carros y queman llantas.

No nos gusta que algunos de tus mejores gentes se hayan vuelto tan frívolos y simplones, preocupados del auto de marca que se comprarán y de la ciudad a la que quieren emigrar. No nos gusta que se hayan olvidado de sus abuelos generosos y filántropos que si resucitaran les partirían la cara en dos por avergonzarlos con su mediocridad. No nos gusta que se vayan tan lejos de donde, tanto bien, podrían hacer, y que no regresen, todo porque no eres capaz de pagarles más, Arequipa habría que ver la manera de recuperarlos. No nos gusta que te hayas dejado arrastrar por el consumismo vacío y hueco y que olvides quién eres y de dónde vienes.

Lo digo Arequipa para que nos enamoremos más. Para que el próximo año estemos tan enamorados como siempre pero más y mucho más. Lo digo porque te quiero pues así de simple, porque me hace bien quererte tanto. Feliz día Arequipa.

lunes, 2 de marzo de 2009

Tristeza y soledad de un lenguado

Soy
lo gris contra lo gris. Mi vida
depende de copiar incansablemente
el color de la arena,
pero ese truco sutil que me permite comer y burlar enemigos
me ha deformado.
(…)
A veces sueño que me expando
y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande
que los más grandes. Yo soy entonces toda la arena,
todo el vasto fondo marino.


El lenguado. José Watanabe

Quién no se ha experimentado triste y solo alguna vez. Ojalá no ahora. A mí me parece formidable la descripción que hace José Watanabe en este poema sobre la soledad y la tristeza.

Es un lenguado, un pez muy conocido por su forma aplanada que dejar ver en un mismo lado sus dos ojos. Es un pez deforme ciertamente. Pero si bien los peces no sienten tristeza ni soledad, es evidente que Watanabe quiere hablarnos del hombre. Quiere hablarnos de su tristeza y soledad, quiere decirnos que es innegable, que muchos somos a veces “lo gris contra lo gris”. El lenguado se mimetiza con la arena para sobrevivir. Ha copiado el color de la arena, pero no de cualquier manera, lo ha copiado “incansablemente”, se ha esforzado día y noche por copiarlo y hacerse indistinguible, se ha desgastado por mimetizarse completamente y desaparecer a los ojos de todos, para salir a comer tan sólo a sus presas y escapar de los enemigos que lo acechan.

Y ni siquiera el hecho que se siente alimentado, y casi satisfecho, ha podido hacerle olvidar el hecho pesado que está solo y es deforme, se ha hecho deforme por los hábitos de supervivencia que ha desarrollado, deforme, gris, invisible, casi un fantasma.

Ese pequeño truco, lo ha “deformado”, esa trampa que parecía garantizarle la supervivencia diaria, esa máscara que aparentemente lo protegía del mundo exterior, lo ha “deformado” hasta convertirlo en lo que es y que tal vez no quiere ser.

Pero aún sueña. Nada ha conseguido borrar de su entraña más honda sus sueños, nada ha conseguido borrar de su memoria el hecho que anhela vivir sin miedo y sereno y ser más grande que los más grandes. “A veces sueño que me expando y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande que los más grandes".

Quizá la mentira nos deforma muchas veces como a los lenguados, y hemos aprendido a sobrevivir ocultándonos en el fondo marino, adornados de ropa, maquillaje, trabajo, lujuria, desenfreno, drogas. Todos tenemos nuestra arena preferida que conocemos mejor que nadie, y que paradójicamente es la causa más ácida de nuestra tristeza. Pero aún en el fondo marino más profundo, allí donde la luz parece no llegar, al punto que no se distingue cuando es día y cuando es noche, aún ahí, como el lenguado, nuestro corazón descubre que sueña con la grandeza, que desea lo sublime y que nada, pero nada de este mundo podrá colmarlo, paradoja de un hombre que muere y sufre, y que aún así sueña con vivir por siempre y ser amado infinitamente.

En resumen, a no ser lenguados, saquemos el odio de nuestro corazón, las preocupaciones de nuestra mente, vivamos humildemente, demos más, esperemos menos, nuestros problemas son siempre más pequeños de lo que creemos y nuestras alegrías más sencillas que las que buscamos.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Pobre San Valentín, pobre.



Llega San Valentín. Llega con su encanto juvenil y su olor siniestro de almendras y rosas. Llega con sus propagandas huachafas y melodramáticas, con sus afiches hipnotizadores y mágicos, con su aletargante melodía de Radio A, y Alberto Plaza. Llega con la ilusión temeraria que traen las tarjetas de crédito y Rosatel, los afrodisíacos hechizos de una bruja fea y ojerosa que promete acercarte al ser amado y amarrarlo con 99 nudos para que no se suelte la maldita o el infeliz. Yo este año le tengo algo de gélida indiferencia.

Preguntándome a qué se debe, ensayo una respuesta que insinúo con desencanto, "no estoy enamorado". Porque a los enamorados, cómo les fascina cruelmente este día. Por ejemplo, me encanta ver a mi mejor amigo enamorado, atontado y caminando sobre nubes confitadas, como un real idiota, como una oveja que ha sido esquilada y camina tímidamente por la pradera.

Quizá una desconsiderada envidia fluye de las más oscuras arterias de mi corazón cuando digo estas cosas, a veces me parece patético verlo tan meloso y caballeroso. Está enamorado el hombre. Antes, cómo se incomodaba abruptamente cuando yo me engreía con mi ex enamorada, cómo expresaba su malestar con un gesto de náusea profunda cuando le decía algo lindo a ella. Ahora, lo veo echarle bloqueador a su novia mientras dice tímidamente casi susurrando "no quiero que le pase a nada a tu carita" o "cómo está tu panzita amor" y sus ojos se derriten cremosamente (nótese el uso de diminutivos)y 200 litros de miel bañan mi cara sin darme opción de ponerme siquiera un paraguas.

Lo que no es tan lindo es soportar el bombardeo incesante de todas las empresas que han hecho su negocio con la causa menos negociable que existe. Tarjetas de crédito, viajes a Aruba, osos de peluche de ojitos hipnotizadores, chocolates engordantes y antidepresivos, relojes emperifollados de pompa y adornos, collares que suplican cuellos que los cobijen, venga y compre, compre que se acaba señor, no ve que es San Valentín.

Tal vez es por eso que mi gélida indiferencia pasa altanera como sacudiéndose los zapatos sobre febrero 14. Pobre San Valentín, hemos desgastado su nombre hasta convertirlo vilmente en un souvenir huachafo que se lleva en el bolsillo junto con tantas otras fechas. Pobre San Valentín que comienza a ser un nombre que se dice sin sentido ni denominación de origen (para usar una expresión de moda), hasta le han compuesto una canción romántica y taciturna. Pobre San Valentín, con sus rumores de promesas de amor eterno y caricias mágicas, pobre San Valentín, que ha sido ridiculizado hasta olvidarlo. Pobre San Valentín que en verdad ayudaba a los novios a casarse, en un tiempo de persecución a muerte, cuando casarse por la Iglesia se pagaba precisamente con la muerte, y los amantes debían arriesgarlo todo por el sacramento.

Febrero 14 se convierte en un epidemia de "amnesia" que garantiza un tiempo extra para aquellas relaciones moribundas y enfermas, que viven continuamente una cáncer terminal, pero que hoy se inmolan casi sin sentido para prolongar su agonía. Pobre San Valentín que permite al enamorado más ruín y despiadado, someterse a un baño de cloro para salir más limpiecito que nunca, disimulando un arrepentimiento impostado. Febrero 14, si tan sólo todos amaran siempre con la intensidad de las promesas que se hacen ese día, si tan sólo pudiésemos mantener con realismo las palabras que pronunciamos el resto de nuestras vidas.

La verdad, nos hemos compadecido de la memoria de San Valentín, porque al parecer flaco favor le hacemos al recordarlo de esa manera. Si algo podemos decir finalmente, es aquello con lo que terminamos el post del año pasado. Siempre en los matrimonios suele leerse el himno de la caridad de San Pablo, y creo, sin temor a equivocarme, que si San Valentín viviese podría repetir casi las mismas palabras: "El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se ufana. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza de la verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo". Alguna mejor definición imposible.

El vídeo del final, circula en la red, es un corto animado que es mi regalo para los enamorados, disfrútenlo:

jueves, 15 de enero de 2009

Crónica de una resurrección anunciada. ¿Quién dijo que no se puede cambiar el mundo?


Estamos vivos. Lamentamos informarles esta noticia, a pesar de todos los intentos macabros por asesinarnos, estamos vivos. Hemos resistido estoicamente las amenazas del Servicio Secreto de Papúa y Nueva Guinea, la sociedad geriátrica de Nueva Delhi y los clubes de fans "oficiales" de Ricardo Arjona y Dan Brown.

Y volvemos porque ya no aguantábamos callarnos. Esperamos se nos disculpe por tal veleidad al momento de regresar a la blogósfera. Pero ahí vamos y como decía Fray Luis de León, trataremos de hacer como si nada hubiese sucedido con esta frase mágica: "como decíamos ayer".

Estos últimos meses muchas cosas me han sucedido. Sé que a pocos les puede importar esto pues supondrán que la vida monótona de un casi abogado adolece de falta de emociones, nada más falso. Pero valga como una especie de mea culpa tardío por mi alejamiento. Organizamos con un equipo macanudo de jóvenes, un Congreso que está llamado, si Dios quiere, a cambiarle la CARA a Arequipa, además reparé en la gran necesidad de graduarme inmediantamente, preparar mi tesis y expediente y lo que fuese necesario, para matar la moncerga de que abogado sin título es tan inservible como un cenicero para una moto. Esas y otras excusas nos pueden servir si bien no justificar. Pero vamos a lo nuestro

Ayer por la tarde vi una película que vuelvo a recomendar, Enrique V. una adaptación brillante de Kenneth Bragham de la obra de Shakespeare. Y me dio pie a hablar de una enfermedad. Una enfermedad más grave que cualquiera que haya aparecido en nuestros tiempos y que el vademécum médico recuerde. Querido lector, se llama acedia. Es una especie de bicho raro que ha infestado con avidez temeraria a muchos de nuestros más queridos jóvenes, y consiste, según muchos expertos, en que lamentablemente se nos ha muerto la grandeza, las ganas imposibles de cambiar el mundo, y simplemente se tiene la entraña vacía y el corazón lleno de ceniza.

Se contagia con una facilidad ineluctable a través de la televisión y canales tan profundos y hermosos como E o Fashion TV, se han reportado casos debido a los libros de autoayuda del gran poeta Paulo Coelho o las canciones de Ricardo Arjona, el Feng shui y el orden ceremonial de macetas y olores que deben impregnar una casa con la pulcritud más exacta e inservible del orbe terrestre, otros casos se adquieren en las metafísicas disquisiciones bizantinas sobre la inutilidad de las artes y la literatura y la alergia que producen las humanidades y el ocio.

La acedia ha matado el asombro. Se nos ha dado todo al alcance de un ipod y una lap top, y el mundo parece tan etéreo, delicado y confortable que no hay que mover un dedo para ser feliz. A lo mejor, (esperemos que no) si un chico de 17 años escuchara el monólogo de la batalla del día de San Crispín de Enrique V, se asustaría con pánico ineludible, y pensaría que ese señor Henry, rey de Inglaterra, está más loco que una cabra y es un sanguinario orate, pues cree que puede dar la vida por un ideal y ha llevado a 500 hombres a enfrentarse contra un ejército de más de 10 mil franceses, y encima en territorio enemigo. Está loco y es cruel, ese rey Henry.

Si sus amigos muestran estos síntomas al verla, es probable que padezca de acedia. Y es que a veces tanto se critican otros tiempos, con una ignorancia tan supina y descarada que enfría el corazón, como si es que acaso a nosotros no se nos hubiera muerto algo por dentro, en medio de tanto ruido y lenguaje políticamente correcto y francamente bastante cabrón, adornado por eufemismos baratos y palabras ligeras.

Pero, ¿quién inventó ese cuento tan mezquino de los ideales enanos y la vida burguesa? Ha sido un trabajo de larga data de algunos estafadores ideológicos de medio pelo, que nos han querido robar la grandeza y matar el corazón, contentándonos con una profesión exitosa, un carro del año y una cuenta jugosa. Para desgracia de ellos felizmente aún existe Enrique V, Madre Teresa de Calcuta, Gandhi, Juan Pablo II y felizmente aunque quieran llenarnos de moho y ceniza el corazón, no se va a poder, porque simplemente hay jóvenes a los que no nos da la gana ¿Quién dijo que no se puede cambiar el mundo?

Aquí dejo el link del famoso monólogo:
http://www.youtube.com/watch?v=dDZVxbrW7Ow