miércoles, 30 de enero de 2008

El amor en los tiempos del blog


Ama hasta que duela. Si duele entonces sabrás que es amor. Así define la Madre Teresa de Calcuta el amor. Así es cómo me he acostumbrado a compararlo con frecuencia. Así es como lo juzgué después de ver la adaptación al cine de El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.

Quienes leímos la novela de Gabo creíamos que el amor idílico profesado por Florentino Ariza hacia Fermina Daza, era posible, y que verdaderamente podría ser alcanzable, esa locura enfermiza sofisticada de perseguir un amor de pareja por años ininterrumpidos, en la soledad de la distancia, en el tormento de la guerra, en el dolor de la separación forzada. Y de verdad lo creímos a fuerza de saber que no existía mayor sacrificio que el hecho por Florentino.

La chica que me acompañó al cine se mostró seriamente afectada, y sensiblemente conmovida hasta las entrañas por la historia de estos dos amantes, incluso dos abruptos suspiros interrumpieron su respiración, y sus globos oculares se humedecieron con facilidad en varias ocasiones. Mi mamá que regresó del cine con sus amigas dijo, con toda la sencillez que la caracteriza, que era muy bonita y que - broma en broma -, las tías cincuentonas terminaron envidiando con locura esos amores juveniles que tanto bien les hace recordar.

Yo me emocioné es cierto, pero ni siquiera pude asomarme mínimamente a la reacción de mi acompañante ni de las tías cincuentonas. Quizá porque ni la película, ni la novela, con los años me pudieron mostrar un pálido reflejo de lo que hace ya buen tiempo comencé entender como amor. Es cierto, el amor de Florentino tiene su mérito y vaya que es loable. Pero quizá cuando se comienza a entender que el amor no es sólo sentimiento podemos tentar una definición de él.

Somos y fuimos hechos para amar, y nuestro corazón estará inquieto mientras no descanse en un amor perdurable e infinito. Esto es lo que buscamos en el amor de pareja. Pero si bien nuestra voluntad reclama esta inclinación sentimental inicial, ese feeling que hace sentir bonito, nuestro amor no se agota en este aspecto, es más si se agota en ese aspecto es engañador y miope, y tarde o temprano muere o se cambia por otro objeto de deseo. El Papa Benedicto XVI en Deus caritas est, precisamente se encarga de unir al amor inicial y arrebatador, apasionado y preocupado por sí mismo, que los griegos denominaron eros, el amor elevado y de sacrificio el agapé, donde ya no importa sentir solamente bonito, sino llegar al sacrificio, al desprendimiento de sí y la donación total por la otra persona, buscando su felicidad, para lo que muchas veces hay que sufrir y dolerse, y donde mucha veces no se siente bonito.

Quizá por eso el amor de Florentino no terminó de convencerme. Pues más allá de su patética historia, no pude entrever en sus actos un gesto que remede el agapé evangélico, pues a pesar de su vehemente ímpetu inicial y su paciente espera infinita, nunca pudo deshacerse de esa preocupación de sí mismo, de su idílico sueño al lado de Fermina, aún a pesar de ser enfermizo, y pocas veces se preguntó qué era lo que él y Fermina merecían para ser felices. Pero vamos, la película es bonita sin ser genial, la novela es mejor, y recomendamos ambas, siempre y cuando nuestro lector le dé antes una hojeada a la encíclica papal que hemos citado.

martes, 29 de enero de 2008

El diablo da miedo



El diablo da miedo. Y da miedo porque existe y es perverso. Así es señores aunque no nos guste. Acabo de terminar otra vez la lectura de un clásico, Cartas del demonio a su sobrino de C. S. Lewis, a quien todos conocemos mejor por Las crónicas de Narnia. Lo he terminado y aún tengo una especie de sonrisa nerviosa que disimulo para no descubrir que caigo en cuenta que sietes veces siete y cien veces cien, me he visto atrapado nuevamente en la nebulosa de razonamientos empantanados que bien creí buenos y apetecibles, y que el buen Lewis osa otra vez demostrarme, que eran perversamente demoniacos.

Esta especie de epistolario entre el tío demonio Escrutopo y su sobrino demonio, Orugario, expresa toda la fineza y agudeza espiritual de quien lo escribe, y supone no sólo lectura de manuales teológicos, sino una viva lucha encarnizada contra Lucifer, lo escribe alguien que combate y como buen guerrero muestra sus cicatrices de batalla.

No es para menos, para Lewis escribirlo deparó una cruda penitencia espiritual. A nadie debe resultarle grato pensar mucho tiempo como piensa el demonio sin sufrir las consecuencias del intento. Quizá haya algo que decir en tiempos de búsqueda espiritual liviana, de repuestas ligeras , y panteísmos crónicos. El demonio existe. Esta verdad que parece ser tan sencilla se olvida continuamente, nosotros no queremos olvidarla, el demonio es un ser espiritual perversamente malo y real y está tan al pendiente de ti como de todas las personas que quieres, pendiente y hambriento.

Muchas veces lo olvidamos e intentamos explicarnos todo el mal que cometemos o con el que nos enfrentamos con eufemismos soft porque, ya pues en pleno siglo XXI decir diablo, no te pases, te maleas, para tu coche choche. Pero no es cierto amigos, como lo dice San Pedro, el diablo merodea como león impaciente y temerario, ruge y finalmente ataca, pero ataca al que mucho se acerca, pues es un perro con cadena a decir del Padre Pío, así que a no pasear muy cerca de la cadena. Pruebas abundan, si las necesitan sólo escríbanme y encantado responderé.

No escamotearemos más en detalles del libro pues recomendamos su lectura. Sólo apuntamos algo más, parece ser que mofarse del demonio le disgusta bastante, el mismo Lewis rescata un epígrafe de Santo Tomás Moro, “el diablo espíritu orgulloso … no puede aguantar que se mofen de él”. Al parecer muchos ya lo intentaron recordemos que Chesterton decía que se cayó del cielo debido a la fuerza de gravedad. Bien pesado debió ser Lucifer no más.

viernes, 25 de enero de 2008

La estupidez es contagiosa. Cuidado



La estupidez o para usar un cultismo ya en franco desuso, la estulticia, es quizá la palabra más ofensiva que se podría proferir contra un intelectual. Son estultos o estúpidos estos señores que firmaron un panfleto en una Universidad fundada por un Papa, 67 intelectualoides acompañados de una banda circense minoritaria, que citando mal un discurso del que en esos momentos era el Cardenal Ratizinger, tuvieron la estulticia de oponerse a su visita y terminar por desatar una incontrolable ola de solidaridad postmoderna, mitad cliché mitad justa que desgajó el rostro de los otrora honorables profesores eminentísimos de La Sapienza. Comentamos pues la visita suspendida del Santo Padre a la Universidad la Sapienza en Roma.

Y es que la estupidez es manifiesta, pues en medio de gritos afeminados y simplones de leyendas de un señor llamado Galileo, cuya vida desconocen por completo, en medio de leyendas de cacerías y hogueras, solo se puede oír el grito desesperado del Enemigo clamando porque sus conquistas intelectuales no se osen tocar, y la verdad, ya estamos hartos los católicos que nos den con ese san benito, así que ya basta pues de la estulticia.

Basta de estulticia y de temor a la verdad. Quizá la verdad sea lo que arruga tanto a estos eminentísimos profesores, es palpable en los genes de quienes temen un discurso sobre la verdad como el que iba a acontecer ese día, un miedo a que las palabras de un profesor universitario como Benedicto XVI, puedan siquiera cuestionar los esquemas mentales en los que viven anquilosados en una especie de óleo cubierto, que no quiere descubrirse por temor a que cuando se haga se encuentre un lastimoso rostro afeado que no se llama Dorian Gray sino infelicidad.

Miedo a la verdad. Eso es lo que existe. Porque la verdad es sencilla y diáfana, bella y clara como el cielo raso, profunda como el océano pero punzante como una daga. Pero les salió el tiro por la culata. Pues el Papa suspendió su visita a La Sapienza y desató el apoyo casi descomunal de la sociedad italiana y del mundo entero, algo así como un efecto dominó, desde el mismísimo Romano Prodi, seguido por casi toda la clase política italiana, bien dice el Evangelio, mansos como palomas pero astutos como serpientes.

Los señores tolerantes demostraron algo que para todos lo que andamos por este camino ya nos quedó claro desde hace mucho tiempo, en el bar de la postmodernidad, se restringe el derecho de admisión, y se ha colgado un letrero que reza mutatis mutandi: somos tolerantes pero hay de aquél que no piense como nosotros porque le cae a la salida. Así que cuidado porque la estulticia es contagiosa.