
Ama hasta que duela. Si duele entonces sabrás que es amor. Así define la Madre Teresa de Calcuta el amor. Así es cómo me he acostumbrado a compararlo con frecuencia. Así es como lo juzgué después de ver la adaptación al cine de El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.
Quienes leímos la novela de Gabo creíamos que el amor idílico profesado por Florentino Ariza hacia Fermina Daza, era posible, y que verdaderamente podría ser alcanzable, esa locura enfermiza sofisticada de perseguir un amor de pareja por años ininterrumpidos, en la soledad de la distancia, en el tormento de la guerra, en el dolor de la separación forzada. Y de verdad lo creímos a fuerza de saber que no existía mayor sacrificio que el hecho por Florentino.
La chica que me acompañó al cine se mostró seriamente afectada, y sensiblemente conmovida hasta las entrañas por la historia de estos dos amantes, incluso dos abruptos suspiros interrumpieron su respiración, y sus globos oculares se humedecieron con facilidad en varias ocasiones. Mi mamá que regresó del cine con sus amigas dijo, con toda la sencillez que la caracteriza, que era muy bonita y que - broma en broma -, las tías cincuentonas terminaron envidiando con locura esos amores juveniles que tanto bien les hace recordar.
Yo me emocioné es cierto, pero ni siquiera pude asomarme mínimamente a la reacción de mi acompañante ni de las tías cincuentonas. Quizá porque ni la película, ni la novela, con los años me pudieron mostrar un pálido reflejo de lo que hace ya buen tiempo comencé entender como amor. Es cierto, el amor de Florentino tiene su mérito y vaya que es loable. Pero quizá cuando se comienza a entender que el amor no es sólo sentimiento podemos tentar una definición de él.
Somos y fuimos hechos para amar, y nuestro corazón estará inquieto mientras no descanse en un amor perdurable e infinito. Esto es lo que buscamos en el amor de pareja. Pero si bien nuestra voluntad reclama esta inclinación sentimental inicial, ese feeling que hace sentir bonito, nuestro amor no se agota en este aspecto, es más si se agota en ese aspecto es engañador y miope, y tarde o temprano muere o se cambia por otro objeto de deseo. El Papa Benedicto XVI en Deus caritas est, precisamente se encarga de unir al amor inicial y arrebatador, apasionado y preocupado por sí mismo, que los griegos denominaron eros, el amor elevado y de sacrificio el agapé, donde ya no importa sentir solamente bonito, sino llegar al sacrificio, al desprendimiento de sí y la donación total por la otra persona, buscando su felicidad, para lo que muchas veces hay que sufrir y dolerse, y donde mucha veces no se siente bonito.
Quizá por eso el amor de Florentino no terminó de convencerme. Pues más allá de su patética historia, no pude entrever en sus actos un gesto que remede el agapé evangélico, pues a pesar de su vehemente ímpetu inicial y su paciente espera infinita, nunca pudo deshacerse de esa preocupación de sí mismo, de su idílico sueño al lado de Fermina, aún a pesar de ser enfermizo, y pocas veces se preguntó qué era lo que él y Fermina merecían para ser felices. Pero vamos, la película es bonita sin ser genial, la novela es mejor, y recomendamos ambas, siempre y cuando nuestro lector le dé antes una hojeada a la encíclica papal que hemos citado.

